Amanece y el Hermano Menor habla.
Resulta inconveniente la situación en la que me encuentro. Un trauma no tener raíces. Es peor sin embargo, la situación actual. Mis raíces, las pocas que he podido clavar en la tierra, están siendo violentadas, y caigo en la cuenta de que las eché sin cuidado ni paciencia. Los gusanos me devoran y no es posible el retroceso. ¿Qué hacer?
El Hermano Mayor actuando como demonio, el Árbol mirando hacia otro lado y mi futuro brillando por su ausencia, todo lo que soy al punto del exterminio.
¡Tálame de una vez, maldito leñador! ¡Suelta ya tu hacha! ¡Déjame contemplar el brillo metálico y que sea lo último que vea! ¡Atrévete con un tronco enfermo, tú leñador cobarde, ataca a éste tronco moribundo que ni alzarse en pie puede para vengar la masacre que a cabo llevaste contra los suyos!
El ocaso, una vez más, como la lente a través de la que observar el mundo. Naufragio tras naufragio es más natural en mí que echar anclas y que no se hunda el barco. Madera llena de agujeros, ¿será que atraigo a los carpinteros? ¡Pájaros ruidosos, fuera de mi vista! ¡Alejáos! ¿Larvas, quizá? ¡Bichos repugnantes, dad la cara!
Del papel de idiota estoy ya harto, Hermano Mayor. Tu fuego nos quema a todos, y de nuevo, no queda otra opción que desterrarte, pero en la decadencia, no hay fuerzas. Eres libre para morir a mi lado, junto al Árbol. Eres libre de desaparecer junto a nosotros.
Lárgate o quédate, ya da igual. No hay opción.

1 comentario:
Siempre queda el humus de lombriz y el jugo de ortiga.
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