2.27.2009


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La cabeza del animal aparece y el sol se pone.
Debiera temblar el pulso pero no sucede, y el cuchillo se clava, sobre cuero y hueso por igual, porque es humano, aunque siempre pudiere ser mejor humano. La carne es suave, debajo de la gruesa capa exterior.
El animal protege sus órganos.
Una carretera sin salida, pero tan larga. Horas y horas en un camino que no lleva a ninguna parte, sería muy sensato abandonarlo, pero también imposible. Los niños que no vendrán lloran en el asiento trasero, no quieren ser decepcionados, y mucho menos abandonados. Los dientes que sonreían en el retrovisor no están dispuestos a desaparecer. Los gestos dulces, la canción alegre, las manos entrelazadas, no caben en el maletero. No son prescindibles, aún así, y antes sufrimiento por conservarlos que sufrimiento por desecharlos.
El animal conduce su máquina de muerte y en ella muere.
Elucubraciones sobre un futuro siniestro que conducen a un futuro peor, no habría inconveniente en estar equivocado. Tener razón, sin embargo, gracias a méritos propios es, en cambio, más desagradable. Un accidente no hubiera, en cualquier caso, llevado a peor puerto. El momento de echar la vista atrás y rebobinar, pero no es posible. La noche cerrada, las estrellas que no guían a ninguna parte y una luna que no quiere tener cerca al animal. Es tarde, muy tarde, y el animal y la luna se dan calor mutuamente, desde la lejanía.
El animal se difumina bajo el sol que llega.

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El Buque de los Necios