11.19.2008



*******
Hay un camino que lleva al Holocausto y es tranquilo. A los pies, cenizas, y a través del bosque, cuando ya no queden árboles, sólo esqueletos, la desolación.

Desierto donde nada nace y nada muere, porque el desierto no es hogar de nadie.
Algunos gritaron y otros gritan hoy al imaginarlo, pero en el desierto, no hay gritos.
Sólo silencio, maravilloso y limpio.
Si la naturaleza de un hombre pudiera cambiarse y hubiera un lugar donde hacerlo, sería sin duda éste.
Pero no es posible, porque aquí nada nace y nada muere.
Todo permanece, mecido por el viento.
Congelado en el tiempo, todo continúa.
No hay criatura autóctona entre montañas de cadáveres. No puede haberla porque no es posible.
De haberla, sería una aberración y su existencia, una tragedia.
Una catástrofe sin precedentes de la que nadie podría salir ileso.

No pasa nada. El cielo en blanco y negro y tréboles en todas partes, menos aquí.
El camino es tranquilo. Los pies serenos y entre cenizas, esqueletos.



El sol sale en alguna parte.
El Hermano Mayor se hunde entre hojas.
Pronto dormirá.

El sol sale en alguna parte y pronto el Hermano Mayor dormirá.
No hay Hermano Menor.
Ahora no.

No hay choque.
Se deslizan y golpean sin tensión.
Vivirán mucho tiempo juntos.

Porque no hay choque.
Se complementan.
La simbiosis.

Invierno.
Las ramas desnudas.
En el frío invierno.

Los niños distintos.
La noche estrellada.
Anhelan la disolución.

El sol siempre sale en alguna parte mientras todos duermen.
Un invierno traerá otro invierno y después otro.
Entonces la disolución vendrá.

El Hermano Menor calienta la piedra y afila los palos.
El Hermano Mayor ha cazado y trae la pieza en sus manos.
Todos comen.
La presa podría ser cualquier cosa.
Las cabezas miran la grasa en sus manos.
Todos comen.
El Hermano Menor mastica.
El Hermano Mayor mira en derredor.
No hay oponente.

11.18.2008

La tercera de las noches.

Hambre. Hambre. Hambre. Mi estómago ruge.
La voz es aguda y es irritante y me susurra para que olvide mi hambre.
Hambre. Hambre. Hambre. No puedo olvidar mi hambre.
El siseo de la serpiente resuena en mi cabeza y es agudo y es irritante.
Hambre. Hambre. Hambre. Una serpiente debería entenderlo.

El juez sólo observa.
Porque el juez no niega mis impulsos.
El juez no los condena.
Porque el juez entiende la necesidad de justicia.
El juez me comprende.


Sólo esa voz, aguda e irritante, ese siseo de serpiente, seguirá resonando para evitar que haga lo que tengo que hacer.
Y seguiré teniendo hambre, mientras ese zumbido siga dando vueltas a mis pensamientos y haciendo vibrar mis esperanzas.

Esperanzas de cambio.
Esperanzas de trascendencia.
Esperanzas de redención.


Hambre. Hambre. Hambre. Mis ojos fijos en alguna parte.
Afuera el silencio es absoluto y la calma irrepetible.
Hambre. Hambre. Hambre. El disfraz sobre mi piel escuece y debilita.
El viento mece las hojas y se acerca nuestra hora.
Hambre. Hambre. Hambre. Un nuevo amanecer sólo añadirá más peso a mi traje de mentiras si nada cambia.



HAMBRE. HAMBRE. HAMBRE.


Hay un momento entre el día y la noche en que nadie necesita un nombre.
Y ese momento es ahora.
Hay un momento entre el día y la noche en que nadie puede reconocernos.
Ni siquiera nosotros mismos.
Entonces la sinceridad aparece.
Contundente y siniestra.
Ese momento es ahora.
Es entonces cuando todos aquellos que son sensatos prefieren estar durmiendo.
Lejos de tanta verdad.
Lejos de tanta oscuridad.




11.16.2008


*******



Aquellos que no sabría nombrar, que viven entre las grietas de la tierra seca, ocultos en el fango o bajo cada piedra, no forman un conjunto armonioso.

Las casitas han sido construidas bajo raíces o en las cuencas oculares vacías de algún cadáver en descomposición.
Son cobijados por el nogal y el abedul, el sauce y el álamo, el pino y el ciprés, el roble y el haya.
Han aprendido como pocos que musgos y líquenes son comestibles.
Han aprendido como pocos que el peligro radica en dar por líquen lo que no es más que un hongo tóxico.

El conjunto que forman es heterogéneo.
En la cadena alimenticia tiene su lugar el ratón, así como la lechuza.
Prolifera la lechuza, entonces desaparece el ratón, y decae la lechuza.
El equilibrio se mantiene. Todo funciona a la perfección por sí sólo.

La luz es muy importante, porque afecta a ese conjunto heterogéneo.
Y aquellos que no sabría nombrar se diferencian entre sí cuanta más luz desprenden.
La luz enquistada no se marcha y el individuo la irradia.
Aquellos que no vieron la luz o que eran incapaces de sentirla, viven en la zona más oscura.
Desprenden oscuridad, pero ocasionalmente sus dientes brillan.

Un gran depredador caza a otro gran depredador en el bosque hoy.
El gran depredador caníbal se mueve por todo el bosque, de la luz a la oscuridad. Nadie lo nota.
El gran depredador caníbal se camufla entre aquellos pequeños de quienes no sabría nombrar.
Un curioso apetito lo mueve.


La segunda de las noches: Una hoguera junto al Hermano Menor


El fuego arde y derretirá las palabras que queden condensadas en el vaho, cuando la boca se abra. Caerán al suelo, pero no importa.
Las recogeremos.

No llueve hoy. La trayectoria de las gotas de agua no sigue el curso lógico de siempre, cielo-tierra, y la temperatura se mantiene. Avivaremos el fuego cuando empiece a descender.

Esta noche las huellas de una larga caminata han quedado impresas en el barro.
Mañana habrán desaparecido.
Tenemos apenas seis horas y trece minutos para aprovechar esta situación.
Permaneceremos alrededor de la hoguera porque es donde queremos estar.
Permaneceremos alrededor de la hoguera, del mismo modo en que nadie cruza Alaska en bermudas.
Permaneceremos alrededor de la hoguera y recordaremos cada una de las huellas.
Se congregará en torno a nosotros la muchedumbre maleducada y esquiva que nadie ha invitado.
Lidiaremos con eso también.
El Buque de los Necios