Sobre la dura piedra.
En la oscura noche.
La luna llena ilumina.
El Hermano Menor no quiere juzgarle.
Julián quiere ser juzgado y dice:
Sé quién soy, y lo que hago. Y en la búsqueda de contacto humano, me entrometo y revelo más de mi condición de lo que me parece correcto.
Ambos escuchan risitas y buscan su procedencia. ¿Quién ríe?
Quién si no.
Espinas y dientes afilados.
Sin ojos, sólo dos esferas de carbón.
No es una risa agradable.
No es alguien alegre.
Nadie está contento.
Y es entonces cuando habla el agujero sonriente.
Algunas veces me pregunto, ¿qué pasaría si todo lo que guardo dentro saliera un día a la luz?
Pero nunca lo sabré, y seguiré viviendo mi vida oculto. Mi supervivencia depende de ello.
Julián no sabe quién habla y el temor aparece.
Inquieto.
¿Dónde está el Hermano Menor?
Y es entonces cuando habla el agujero sonriente.
¿A quién buscas? No hay nadie aquí. Y sin embargo, oigo dientes castañatear. Todo tiembla a mi alrededor excepto la tierra bajo mis pies. Y con cada nueva palabra, setenta kilogramos de carne se estremecen en alguna parte, ante mí. Carne pálida. Poca fibra. Poco músculo. Carne inútil. Carne que se pudre entre mis brazos. Entre mis enormes brazos.
Julian se arrodilla y de sus ojos brotan gotas de agua salada.
Su voz se quiebra.
Preferiría no morir. No ahora, por favor.
Preferiría...
El Hermano Mayor es impaciente.
Con el Hermano Mayor no sirven súplicas.
Con el Hermano Mayor no sirven ruegos.
El Hermano Mayor no puede entender.
Y no entiende.
Pero actúa.

Y la luna llena se apaga.

