11.18.2008

La tercera de las noches.

Hambre. Hambre. Hambre. Mi estómago ruge.
La voz es aguda y es irritante y me susurra para que olvide mi hambre.
Hambre. Hambre. Hambre. No puedo olvidar mi hambre.
El siseo de la serpiente resuena en mi cabeza y es agudo y es irritante.
Hambre. Hambre. Hambre. Una serpiente debería entenderlo.

El juez sólo observa.
Porque el juez no niega mis impulsos.
El juez no los condena.
Porque el juez entiende la necesidad de justicia.
El juez me comprende.


Sólo esa voz, aguda e irritante, ese siseo de serpiente, seguirá resonando para evitar que haga lo que tengo que hacer.
Y seguiré teniendo hambre, mientras ese zumbido siga dando vueltas a mis pensamientos y haciendo vibrar mis esperanzas.

Esperanzas de cambio.
Esperanzas de trascendencia.
Esperanzas de redención.


Hambre. Hambre. Hambre. Mis ojos fijos en alguna parte.
Afuera el silencio es absoluto y la calma irrepetible.
Hambre. Hambre. Hambre. El disfraz sobre mi piel escuece y debilita.
El viento mece las hojas y se acerca nuestra hora.
Hambre. Hambre. Hambre. Un nuevo amanecer sólo añadirá más peso a mi traje de mentiras si nada cambia.



HAMBRE. HAMBRE. HAMBRE.


Hay un momento entre el día y la noche en que nadie necesita un nombre.
Y ese momento es ahora.
Hay un momento entre el día y la noche en que nadie puede reconocernos.
Ni siquiera nosotros mismos.
Entonces la sinceridad aparece.
Contundente y siniestra.
Ese momento es ahora.
Es entonces cuando todos aquellos que son sensatos prefieren estar durmiendo.
Lejos de tanta verdad.
Lejos de tanta oscuridad.




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